La hora 25: mi epílogo electoral
9 October, 2012 — Barcelona, Capriles, Chávez, EleccionesVE, España, Venezuela
Hace dos años dejé de fumar. Hace dos años estoy en Barcelona. Ayer, antes de que el sol saliera, con la sensación de haber sido objeto de una metamorfosis vampiresca, salí del Centro Cívico La Sagrada Familia con un objetivo: comprar una caja de Marlboro rojo. Y buscar alcohol.
Las mesas de votación cerraron a las 18:30. Fue un éxito. Hubo un 80% de participación. Yo había llegado a las 6:00, con la laptop de caparazón y la esperanza de conseguir un enchufe. Mi Dell de 2004 pesa, pero enchufada no te deja morir. Vine equipada: USB de Orange para tener “Internet everywhere”, porsialas. Cargadores de batería a saco, para el móvil. Uno que se conecta a la laptop, otro que se conecta al enchufe. Una extensión. Audífonos. Y teipe, porque a mi Dell de 2004, la tecla del 8, del 80% de participación, se le desprendió a las 00:00, cuando en mi casa me preparaba como un boyscout, para la que sería mi primera cobertura electoral 3.0.
Agradezco a la intervención divina que me encendió el bombillo para acreditarme a tiempo. Gracias a eso, pude montar mi centro de operaciones en la recepción, donde —¡oh! Fortuna—el cartel dice Información. Estámos en una biblioteca pública. La verdadera encargada de la recepción me vio tan enfaenada que me dejó usar su desktop —mientras petaba el “Internet everywhere” de la laptop subiendo un video al Youtube.
Dice la normativa… que yo no podía estar ahí. No podía quedarme en las salas de votación. No podía interferir en el proceso. No podía hacer entrevistas. No, no y no, como estamos acostumbrados a escuchar los periodistas acreditados por acta de nacimiento a Venezuela. Pero al Consulado, a ella, a la Cónsul, y a todo su equipo, les pareció bien el punto de información. Y a partir de ahí, con ellos todo fue sí, sí y sí. Transparentes, abiertos y colaboradores.
Tuitié el color: las madres con coches, los niños de pecho. Los votantes en sillas de rueda. Las vendedoras de chicha. La empanada caliente. La verbena criolla. Guaco en el carrer Provença. El arpa que no estuvo, el cuatro y las maracas. Grabé la denuncia de un votante que no vota por “muerto”. Mandé un primer reporte a la web del diario con la apertura del centro. Actualicé mi blog. Tuitié y seguí tuiteando. Tuitié una cifra y me eché un pelón. Rectifiqué y tuitié el perdón. Me tomé una caña con una amiga que hace años no veía. Gocé, gocé un montón.
A las 20:00 Barcelona dejó de ser noticia. Cerraron las mesas. Sellaron las cajas. Y a esperar por Caracas. Al principio, se pensó que en el exterior podíamos contar los votos cuando en Venezuela cerraran las mesas. Hora aproximada en Barcelona: 01:00. Al final, se aclaró que en el exterior sólo podíamos contar los votos cuando en Venezuela se supieran los resultados: luego del primer boletín. Hora aproximada en Barcelona: desconocida.
Me faltaba un reporte: un nota de resumen para la edición impresa del diario. Tope de entrega: 19 horas en Caracas. Hasta las 02:00 en Barcelona y vas en góndola.
Con mi amiga de las cañas nos fuimos a El Bombón, en el Raval, a comer un plato de pabellón. Tregua reporteril. Éramos tres: ella, su novio catalán y yo. Cuando llegamos sólo quedaban dos platos de pabellón. Estaba claro: ella y yo. Compensamos con dos raciones de tequeños y una “degusteichon de arepitas”, menú dixit: mini de mechada, mini reinas pepiadas y mini dominós de caraotas negras y queso blanco. Mientras tanto, Messi metía goles.
¿De bebida? Paren las rotativas: un cuba libre, dos mojitos.
Luego del postre —bienmesabe, claro—, mi amiga y su novio se fueron. Dejaron a la prensa trabajar. Para poder enchufar a la Dell de 2004, subí a una de las salas privadas de El Bombón: luz tenue, salsa brava y un decorado tropical de 1970. Me enchufé: “En Barcelona, Venezuela vivó su clásico electoral…”, y por ahí me fui. Con Juanito Alimaña de fondo pensé que el periodismo es lo más grande que me ha pasado en la vida, me cago en la leche.
Ahí estaba yo, con mi laptop de caparazón, deambulando por el Raval 23:30. Pienso volver al centro de votación. Pero hago escala en El Rabipelao. Asomo la cabeza: ¿Cómo está la cosa por aquí? El bartender miraba Globovisión por Internet. Me acerco. Venezolanos detrás de la barra, venezolanos delante de ella. Hacemos análisis políticos. Escenarios. El “cómo ves tú la cosa”. Digo que soy periodista. Pero una periodista sin información privilegiada. Una periodista que no está en Caracas.
- Chama, ¿te quieres tomar algo? —coge un vaso y pone la mano en el sifón.
- Mmm… ¿un chupito?
- Claaaaro, vale, un chupito para la chama —suelta el vaso y miramos el mostrador.
- ¿De ron?
Sacamos conclusiones. Nos preparamos para los posibles escenarios. Mato el ron Santa Teresa, golpeo el vaso contra la madera. Me voy.
- Chamos, gracias. Me han dado como dos horas más de autonomía.
Frente al Rabipelao está el Foxy, pero sería demasiado. Hago un tuit y me voy. Camino derechita hasta Sant Antoni. Veo a un hombre con un turbante morado. Dos chinos. Dos mujeres-hombres. Otro hombre-mujer. Hóstia, puta, estoy en Barcelona, pienso, y camino a La Caixa a sacar dinero.
- ¡Taxiiiiii!
00:40 llego al Centro Cívico La Sagrada Familia. Traigo la espalda sudada. En la puerta, Ivanel Pérez y Adriana Rubial, del comando exterior de la Mesa de la Unidad hablan con Diana Carbajal, del comando del Psuv. Ellas le preguntan si hay duchas. Yo pienso en bañarme. ¡Oh! Qué bueno sería. Lo visualizo. Entonces, interrumpo:
- Chama, ¿y cómo nos secamos?
Ivanel, Adriana y Diana giran hacia mí como si tuvieran tortícolis.
- Yo traje toalla —replica Adriana, un poco estupefacta.
- ¿De dónde vienes tú?, —me pregunta Ivanel—, que estás hablando en cursivas.
- Hóstia…
Cojo mínimo. Comienzan a pasar las horas. Se esparce el virus del rumor. Dicen que gana, dicen que pierde. En la sala, las cajas están en el centro y la gente en los alrededores, como relojes Dalí, derramados, esparcidos. Comienza el festival del humor:
- Chica, ¿y esta gente del centro cívico no tendrá por ahí una platería, pa’pulirla?
Como el chiste tiene éxito lo repito tres veces ante tres audiencias diferentes. Son 13 mesas y éramos cerca de 70 personas. Un corte de fusible hace que nos quedemos sin enchufes y sin Internet. Ante el encargado del Centro Cívico, todos somos sospechosos. La Dell de 2004 empieza a colapsar. El verde en el dibujito de la batería empieza a agotarse. Sin Dell, sin móvil. Sin sueño. Más temprano, mucho más temprano, Diana me pregunta qué medios represento. Titubeo, como siempre… “bueno, eso de representar…”. Hoy escribo para Últimas Noticias y El Mundo, le respondo.
- ¡Ah! La Cadena Capriles.
- Amjá.
- Pues yo estoy en el otro bando, en el Sistema Nacional de Medios —y enumera hasta que la interrumpo:
- De bandos naaada, Diana. Yo trabajo aquí, tú trabajas allá. Yastá.
Por momentos, la conexión regresa. O amenaza con regresar. Durante un tiempo tuvimos Internet pero no tuvimos enchufes. iPad’s servían de teles, laptops conectaban con Venezuela. Había esperanza… en que los enchufes volvieran a funcionar. Diana prepara su portátil y se da cuenta de que tiene los cables pelados. Le digo que cualquier cosa podemos usar mi Dell de 2004.
Me dice: Tendremos que trabajar en alianza.
Le digo: Como debe ser.
Larga es la noche. Apago mi móvil para reservar tanto verde como pueda. La gente ya no habla ni de política. Las conversaciones se distienden. Otros caen, duermen. Hasta que de la nada, a las 4:30, un iPad empieza a transmitir a Tibisay Lucena en su camino a la lectura del primer boletín. Los 70 que somos nos ubicamos alrededor de la mini pantalla, en una esquina.
Manos apretadas sosteniendo barbillas. Miradas al piso. Les pregunto si puedo hacerles una foto. Titubean. Les digo que es nuestro momento. La hago, mando un tuit. Cuando Tibisay Lucena nombra a Hugo Chávez de primero, la sala estalla. La cónsul abraza a Ivanel. Yo abrazo a Diana, como el abrazo de la paz que llaman los curas. Los llantos se transforman en gemidos y Lu, una veinteañera que conozco desde que tenía 10 años, estalla: “Yo quiero que me expliquen cómo se puede vivir 20 años en Barcelona y ser chavista. El chavismo se tiene que vivir en Venezuela”. No es textual, pero fue. Mucha emoción contenida, mucho efecto invernadero.
Un señora de franela roja reaccionó. Dijo que ellos también se habían tenido que aguantar las risitas de los otros. Otra señora de chal crema le replicó. Hubo cerca de tres discursos después del primer boletín. Cuando la situación parecía irse a más, la Cónsul intervino y dijo que hiciéramos lo que habíamos venido a hacer. Que acabáramos el trabajo.
Son las 5:00. La mayoría ya tiene 24 horas aquí, atrapados en esta casa de Gran Hermano electoral. Y así, llegamos a la hora 25.
En Barcelona el voto es manual. Entre todos, ubicaron las cajas en las mesas y sacaron los exactos para abrirlas y empezar a contar. El sonido de las papeletas era cortante, como hojillas que dejan surcos de sangre en las yemas de los dedos. Capriles, Capriles, Capriles, Chávez. Narices mocosas, sollozos. Capriles, Capriles, Capriles, Chávez. Como un coro de viudas que reza el rosario en la plaza del pueblo. Capriles, Capriles, Capriles, Chávez. Quise que esto acabara rápido, que alguien arrancara la curita. De un tirón: Capriles, Capriles, Capriles, Chávez.
Me salí de la sala buscando nicotina. Elma, que lleva años viviendo aquí, me acompaña y me dice:
- Yo me voy.
- Pero, ¿a dónde, Elma? ¿A dónde?
- A Estambul. Puedo vivir otra fantasía.
Pienso que venimos de un país jodido y a un país jodido hemos llegado. Entro de nuevo, hago rondas. Lu y sus amigas se han calmado. Están sentadas en el vestíbulo. Me acerco y les pregunto:
- Entonces, ABC, El País, y quién más publicó que…
- ¿Que qué? ¿Cuánto les dio a ellos? —pregunta una de ellas.
- Todo lo contrario —responde Lu.
- ¿Y eso qué significa? —apunta la tercera.
- Que son disléxicos.
Primera carcajada después del primer boletín. Pienso que estas muchachas estarán bien. Que será más largo de lo que ellas pensaban. Y más complejo. Pero será.
Llegamos a las 7:00. Se escuchan gritos de pelea. ¿Qué puede estar pasando ahora?, me pregunto. El equipo de limpieza de la biblioteca acaba de llegar. Las señoras quedaron patidifusas al ver el trabajón que tenían por delante. Y entre ellas discutían el cómo y el quién de la limpieza de este domingo electoral.
Empiezan a totalizar las mesas. Ivanel ya tiene 3 de las 13 actas de totalización. Le pregunto a Diana cómo va ella y si es posible llevarme el total de los resultados del centro. Me dice que primero deben enviarlos por fax al CNE y que ellos totalizan. Bueno, le doy un abrazo y me despido. Tiro la toalla que no traje. Estoy agotada.
Me quedo a dormir en casa de Mariana, miembro de mesa y amiga de años. Tengo hambre. Paramos en una panadería que se llama Pa-ran-pan-pan en Sarrià-Sant Gervasi. Yo lo que quiero es una arepa, pero vale, dame un pan integral con semillas de sémola y olivas troceadas. Pienso que un jugo de naranja me vendrá bien. Hasta que veo las botellas de cava en la nevera y se me alborota el malandro: “No joda, Mariana, ¡qué importa! Nos lo merecemos!”. Compré el cava, una caja de Marlboro rojo y vamonós.
En el sofá de su casa fumamos como princesas rusas y bebimos hasta la última gota. No hay día siguiente. A las 16 horas, abrí los ojos. Recogí mis macundales y emprendí el regreso a casa. La caja de cigarros, esa sí, se la dejé a Mariana. Yo hace dos años que no fumo y no pienso volver a los viejos vicios.
