Ese genio llamado Andrés Caicedo
13 October, 2012 — Andrés Caicedo, Cali, Colombia, Literatura, Venezuela
En su país natal, Colombia, es un mito. Luego de tomarse sesenta seconales, Andrés Caicedo murió a los 25 años de edad sobre su máquina de escribir. Era su tercer intento de suicido. Y lo logró. Ese día, el 4 de marzo de 1977, recibió el primer ejemplar de ¡Que viva la música!, la novela que lo transformó en símbolo de la contracultura y autor de culto para los jóvenes de siempre.
El Grupo Norma lo editó en 2009, en Caracas. Y así, finalmente, fue accesible a los lectores venezolanos. Sin embargo, desde los setenta, Caicedo quería verse en los anaqueles criollos. En 2008, el escritor y cineasta chileno Alberto Fuguet publicó Mi cuerpo es una celda, autobiografía de Caicedo a partir de un sinnúmero de cartas y anotaciones –nunca diarios– que dejó antes de morir. Caicedo era un cinéfilo, un cinéfago, como decía de sí mismo.
Creyó en la crónica y no en la ficción, en el cine y en el yo, en el mito del poeta y el rockero que muere joven y que deja obra para contar –escribió Fuguet.
En carta a su padre, el 1 de septiembre de 1973, dijo: “Antes de mí están James, Cortázar, Salinger, Vargas Llosa, Britto García, para enumerar sólo una ínfima parte de la lista que abarcaría página y media”. Con este último se carteó, desde el principio de la década, sin jamás conocerse en persona. Britto García era jurado de un concurso literario. Caicedo, aspirante. Título de la obra: “Los dientes de caperucita“.
Britto García lo recuerda: “Hice lo posible porque le dieran el premio. Andrés me escribió una carta de agradecimiento”. Y se hizo la amistad. A sus 19 años, Andrés Caicedo ganó el segundo premio del Concurso Latinoamericano de la Revista Imagen.
“Luego estuve tratando de que publicaran su novela. Me envió el manuscrito y dije, ¡coño, pero esta vaina es genial!“. El 10 de septiembre de 1974, Caicedo le escribió a su novia Patricia: “Ahora que termine de escribirte, me bañe y desayune, iré por la cotización de mi libro, ojalá me alcance la moneda, ojalá me escriba rápido Luis Britto García, en quien yo he pensado para que redacte la solapa”. Y más: “Es clave que un escritor conocido escriba el pequeño comentario de presentación al libro (ese Britto es el autor de Rajatabla)”.
En agosto de 1975, Caicedo dejó por escrito el testimonio de la diligencia: ”Mandé copias de Qué viva la música a Siglo XXI y a Monte Ávila. Aún no obtengo respuesta“. Britto no lo logró. Monte Ávila la rechazó. “Bueno”, justifica Britto, “ya habían rechazado un libro mío, Rajatabla, que se ganó un premio internacional después”. En fin.
Aun así, la correspondencia fue prolífica.”Una de las últimas comunicaciones que tuvimos fue porque circuló un rumor de que los Rolling Stones venían a Caracas“. Caicedo, fanático a morir, estaba desesperado: “Luis consígueme dos entradas en primera fila“, pidió. “No entiendo por qué no me consigues las entradas”, insistió. Britto García tuvo que mandarle una revista para probarle que el concierto no se concretó: “Lo dejó desolado“.
Caicedo le hablaba a su amigo venezolano de sus intentos suicidas, uno de los cuales le valió la reclusión en un psiquiátrico: “Nos carteábamos intermitentemente, yo diciéndole que no fuera loco“. Pero no valió de nada. Caicedo estaba obsesionado con el Valium 10 y su muerte.
El 15 ó 16 de noviembre de 1975, como él mismo apunta, le escribió a su amigo, el cineasta caleño Luis Ospina: “Hoy es domingo, y he llorado y berriado a los santos cielos. Espero la muerte con mucha frescura”. El editor de la revista Ojo al cine preparaba su despedida. “De repente, recibí una cartica de Isaías Peña Gutiérrez, donde me decía que Andrés se había suicidado”, cuenta el venezolano.
Dejó una huella. Era un genio.
Versión [mejorada] del texto publicado el jueves 27 de agosto de 2009 en el diario El Mundo Economía y Negocios, de Caracas.


