Yo soy puntual, pero siempre llego tarde
17 October, 2012 — América, Crisis, Europa, Periodismo, Socialismo
Esa es la sensación que tengo. La de haber llegado tarde o, en peor caso, haber llegado a tiempo para ver el desmoronamiento de todo. Para ver los restos: el Partenón. Nací en 1981, cuando la Venezuela saudita donde la gente compraba el doble por barato, empezaba a ser la ilusión que fue, un espejismo, hasta que nos dimos el coñazo: ¡Bam! En mi país, cuando criticábamos el socialismo, solíamos decir (solía decir): “Pa’socialismo el europeo, nojile“. Y va ser que no. Que tampoco. Que llego a Europa para ser testigo del desmantelamiento de todo lo que nosotros, los latinoamericanos, admirábamos desde lejos: su sistema de bienestar, su calidad de vida, ¡ay! su prensa, señor mío, su prensa. Nada de lo que yo pensaba que sería, ha sido. Nada. A la pregunta retórica de sobremesa: ¿Qué época te gustaría haber vivido? Yo solía decir: “Coye, ver la caída del muro de Berlín”, aunque los vestiditos de los locos, locos años veinte, siempre me han llamado la atención. Bueno. Ya no me hago esa pregunta.
Estoy viviendo la caída de otros muros y la construcción de nuevas barreras. En septiembre fui a una conferencia del profesor Mark Richmond, ex alto cargo de la Unesco en Kosovo i Somalia. Habló de Hobsbawm y dijo que todavía estaba vivo y muy activo, el hombre que maldijo el siglo XX, el siglo que yo no cambiaba por nada del mundo en una máquina del tiempo. Y ¡bam!, va y se muere Eric Hobsbawm. Ta’bien. Se muere a sus 95 años y no Andrea, hay gente que no puede ser inmortal. Aunque lo quieras. Vivimos tiempos interesantes, un poco mejores, un poco peores, pero interesantes. Aunque mal pague esta postmodernidad, me niego a ser la generación perdida.
Y ahora acabo de escuchar al empresario y publicitario Ferran Rodés decir que “el capitalismo está gravemente herido“. Que estamos a las puertas de un nuevo sistema de organización social. Que nos preparemos. Que los jóvenes (va, no especificó si menores o mayores de 30, así que inclúyome) tenemos suerte. Voy a preferir creer eso, que mirar al pasado: un siglo XX donde murieron 600.000 personas en la Guerra Civil española. Un millón de personas en el Congo belga. 800.000 personas en los peores 100 días de Ruanda. Donde se esfumaron cerca de 80.000 personas, nomás el día de la bomba en Hiroshima, todas cifras de impacto que soltó Richmond ante un aula de imberbes invertebrados, donde también inclúyome. El ahora nunca me ha parecido tan interesante. ¿Acaso menos sangriento? Ay, eso todavía no lo sabemos. No lo podemos asegurar. Pero sin duda, no menos interesante.

