La Azotacalles

Andrea Daza Tapia

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Ben Bradlee junto a una pendeja

De cómo no conocí a Bob Woodward

20 October, 2012 — , ,

Esto me pasó en 2009. Durante tres semanas estuve en uno de los parques de diversiones de la prensa: The Washington Post. Éramos cinco periodistas latinoamericanos y del Caribe: de México, Brasil, Colombia, Jamaica y Venezuela. Nos ganamos una beca y estábamos ahí para producir la propuesta de reportaje que cada uno había hecho. Nos dieron escritorio, extensión telefónica, credencial del diario y puerta franca para preguntar lo que quisiéramos. Fue maravilloso. Vimos reunión de mesa. Hablamos con la jefa del desk central. Una noche me quedé hasta las 3 am en la redacción y me puse a conversar con las mujeres que a esa hora pulían los escritorios; donde sí, se podía hacer el ejercicio de imaginación con la peli de Pakula, a pesar de que esto no era un estudio y estaba en remodelación. Ay, periodistas peliculeros.

El primer fin de semana quisimos peregrinar por las huellas del periodismo estadounidense en DC. Babeamos un poco en el vestíbulo del diario, donde exhiben la primera plana del 9 de agosto de 1974: "Nixon resigns", cuando el presidente Richard Nixon dimitió, luego de dos años de investigaciones de la prensa y sobre todo de este diario, en el caso Watergate. Por eso, el primer domingo lo quisimos dedicar a hacer un poco de turismo periodístico y nos mandamos al Watergate Office Building, para determinar cuál era la oficina del edificio de enfrente desde donde espiaban... ya me entienden. Era el punto de partida que haría célebre a Woodstein, la infalible dupla entre Bob Woodward y Carl Bernstein. Babeamos un poco más. Y nos fuimos a navegar al Potomac.

El lunes, cuando regresamos al periódico, vimos la firma de Woodward en la primera página del Post, con un tubazo, madre mía: la filtración de un informe oficial de 66 páginas obtenido por él, donde se planteaba la necesidad de enviar más tropas a Afganistán o perder la guerra. ¡La ironía de los tiempos!  Woodward pasó su domingo en la redacción, mientras los jóvenes reporteros lo buscaban en el lugar equivocado. La historia fue noticia durante el resto de las tres semanas y fue así como no conocimos a una leyenda activa del periodismo.

Que quede de consuelo, eso sí, que emprendí mi persecución interna para cruzarme con Ben Bradlee, el tozudo director de los timpos de Woodstein, un bastión, con sus canas, con su escritorio, con su know how de la prensa. Me gustaría decirles que tuvimos una larga conversación sobre el futuro de los medios, sobre política internacional. Me gustaría. Me firmó A good life y como una boba le pregunté si había estado en Venezuela. Me dijo que sí, alguna vez, en el aeropuerto. Me hice la foto y le estreché la mano como quien dice: "Sobre sus valores, he ido construyendo los míos". Y chao, señor Bradlee, que lo dejo trabajar.

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